domingo, 22 de enero de 2017

Un día de Septiembre

Nunca olvidaré ese día de Septiembre. Ese día iba a cambiar todo, sin darme cuenta había tomado unas de las decisiones más importantes de mi vida y, a partir de ese día todo iba a cambiar.

Todo empezó muy temprano, con un largo viaje por delante, y con las personas que más me quieren acompañándome en ese viaje. Cuando por fin llegamos al aeropuerto, todos los nervios e inseguridades que pensaba que no tenía aparecieron de golpe, ese fue uno de los momentos más duros; despedirme entre lágrimas, pero esas lágrimas no reflejaban mi verdadero sentimiento, me sentía más viva que nunca, contenta y con muchas ganas de todo lo que venía a partir de ahí.


Era la primera vez que iba a pasar tanto tiempo fuera de mi casa, que no tenía a ningún conocido cerca al que poder echar mano en los malos momentos, que iba a convivir con desconocidos, que me iba a vivir a una ciudad que días antes no sabía ni situar en el mapa y sobre todo que me iba a un país distinto al mío y con el miedo de no saber defenderme tanto como me gustaría con el idioma.


Lo reconozco ha habido días muy duros, siempre recordaré tres días en especial, en los que pensaba tirar la toalla y dejar todo, que lo único que quería era estar en mi casa, con mi gente, pero sabía que ese momento iba a llegar, que lo que tenía que hacer era disfrutar de todos los momentos que me ofrecía esta experiencia, porque hasta de los malos días he aprendido tanto o más que de los buenos.

Nunca me arrepentiré de coger esa oportunidad, me he conocido a mi misma más que en todos estos años atrás, he conocido facetas de mi desconocidas hasta ahora. Me siento muy orgullosa de mi misma, de superar momentos difíciles como sentirme una invitada o una extraña en casa, de vivir entre el desorden (por decirlo suavemente), de saber salir airosa situaciones difíciles, de sentirme una extranjera en muchos momentos, de miradas indiscretas por hablar un idioma distinto en sitios públicos, de vivir independizada económicamente con tu dinero y mirar con lupa cada gasto, de sentir miedo hasta ahora desconocido para mí al vivir en un “pueblo”, de comunicarme con mi gente a través de una pantalla, de sentirme muy lejos en muchos momentos especiales, de sentir que me perdía muchas cosas que estaban pasando en mi ciudad, y otras tantas cosas, que creo que he sabido llevar muy bien, y eso es una de las cosas que más me ha sorprendido de mi misma.
No me he quedado con lo malo de esta experiencia, nunca le he dado importancia, de hecho cuando me preguntan como se me ha dado o como he estado, siempre tengo la misma respuesta: “he tenido mucha suerte”.
Y es verdad, me considero una afortunada, por haber podido tener esta oportunidad, por conocer otro país desde dentro, por comer otras comidas, por andar por otras calles. Pero en especial, por haber conocido a mi gente, que siempre los recordaré de una manera especial, ellos son los que hacían los días más amenos, las primeras personas con las que hablaba al levantarme y las últimas, ellos son los que de verdad te entienden y te comprenden en estas situaciones, ya que las vivian cada día, de hecho hasta un tiempo después de volver aún manteniamos ese contacto sabiendo lo importante que eran los primeros días, ya que todos nos sentíamos un poco descolocados o raros en nuestras respectivas casas. Siempre lo decía, y creo que es verdad, comparaba nuestro día a día con Gran Hermano, nos veíamos todos los días desde bien temprano hasta el fin del día, que muchas veces lo alargabamos de más para no llegar a casa, y eso explicaba tanta unión en tan poco tiempo, con gente que no teníamos nada que ver.

Pero las mejores sensaciones de esta aventura las he experimentado al volver, ahora he sabido lo que de verdad significan los reencuentros, y es que no te das cuenta de lo que echas de menos a las personas hasta que las vuelves a ver en persona, te das cuenta de que todo sigue igual, que quien de verdad te quiere siempre ha estado y estará ahí para ti, de los nervios de volver a casa, de la sensación de ir por tus calles de siempre y verlas igual, de comer comida de tu madre, de encontrarte con gente que no ves desde hace meses,de ver cómo han crecido los pequeños de la familia, de disfrutar de las reuniones con la familia y amigos y en definitiva, de lo que has cambiado. Y si todo esto sucede en Navidad, es más que perfecto.




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